Regina Escobar Gámez.
Politizar
a las masas no es, no puede ser hacer un discurso político. Es dedicarse con todas
las fuerzas a hacer comprender a las masas que todo depende de ellas.
(Fanon, 2018, pág. 219).
¿Por qué habría que pensar
en la organización para la unidad latinoamericana?
Para poder responder
a esta cuestión, debo dejar claro que este escrito no tiene como fin último el
análisis sociológico o político de la región en su pasado o en su presente;
tiene también como objetivo repensar un futuro propio para Latinoamérica.
Además de la construcción de una base científica y crítica para comprender el
territorio, incluyo dentro de este ensayo reflexiones sobre una filosofía
política que podría, quizá algún día, encaminarnos a una autonomía y soberanía
concreta que reivindique al pueblo digno que yace en nuestros valles, sierras,
selvas, playas, bosques y urbes.
La cuestión aquí discutida va más allá de la ciencia:
esta es una pregunta que no siempre se enuncia, pero que se siente en cada
mundo latinoamericano. Y si se llega a enunciar, intentar responderla es
análoga a abrir los ojos en una noche completamente oscura. No pretendo con
este escrito resolver por completo las preocupaciones que se viven ante la
coyuntura actual, como es el caso de los panameños, peruanos, colombianos,
argentinos, ecuatorianos, puertorriqueños, entre otros. Todo conocimiento es
provisional, y mis proposiciones no persiguen más que eso: sembrar diálogo
sobre algo tan urgente como el tema presente. Y es que el problema general no
yace en una falta de autoconciencia de estos pueblos, sino que yace en
problemas estructurales cuyas soluciones se muestran demasiado inalcanzables.
En principio, ubico como uno de los motivos por los
cuales habría que pensar la movilización de nuestros pueblos a la exaltación del imperialismo. Para
establecer cierta base teórica para este tipo ideal, podemos definirlo como:
(1) la concentración de la
producción y del capital ha llegado a tal punto que ha creado monopolios que
desempeñan un papel decisivo en la vida económica; (2) la fusión del capital
bancario con el capital industrial y la creación, sobre la base de este capital
financiero, de una oligarquía financiera; (3) la exportación de capitales, a
diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia
excepcional; (4) la formación de
asociaciones capitalistas monopolistas internacionales que se reparten el mundo
entre sí y (5) se completa la
división territorial del mundo entero entre las mayores potencias capitalistas [cursivas
mías]. El imperialismo es capitalismo en esa etapa de desarrollo en la que se
establece el dominio de los monopolios y del capital financiero; en los que la
exportación de capitales ha adquirido pronunciada importancia; en el que ha
comenzado la división del mundo entre los trusts internacionales, en el que se
ha completado la división de todos los territorios del globo entre las mayores
potencias capitalistas (Lenin, 2019).
Cuando hablo de una “exaltación” del imperialismo me
refiero a que, en la coyuntura actual, el intervencionismo extranjero en las
distintas dimensiones sociales del mundo de vida de nuestro territorio está comenzando
a ser más grave y frecuente. Y es que, antes de este 2025 -antes de que tanto Trump
como los demás movimientos de ultraderecha y fascistas comenzaran a tener más
aceptación y reproducción- persistía igualmente el saqueo, el financiamiento de
ultraderechas internas, el desmantelamiento de movimientos sociales y otros
movimientos imperialistas en el continente. No obstante, el gobierno “global”
de Estados Unidos, con el cambio de administración de Biden a Trump, está
llevando a cabo más esfuerzos para sistematizar e institucionalizar un fascismo
que se abandera con defender la libertad y la democracia día con día (debo
remarcar que los Demócratas tampoco son agentes que defienden estas formas
políticas). Algunos de estos
esfuerzos serían, por ejemplo, las distintas conferencias que han procedido en
los últimos meses en Latinoamérica, últimamente financiadas por E.E. U.U. o que
se centran alrededor de figuras parte de esta ultraderecha y pertenecientes a
las oligarquías financieras; la manera en la que Estados Unidos ha modificado
ciertas leyes sobre los migrantes y en la que ha ejecutado deportaciones; la
creación de nuevas instituciones que promueven y consolidan una ideología
fascista; los perfiles de quienes ocupan cargos políticos centrales, como
quienes son los encargados de las embajadas, de seguridad nacional y otros
puestos; la renovación e instauración de sanciones o aranceles como mecanismo
de coerción política; querer colonizar Panamá, entre muchos otros.
De este modo, podemos concluir que el imperialismo no
es solamente un motivo para la articulación de un frente latinoamericano por y
para la liberación de sus pueblos, sino que también es una de las causas por
las cuales estamos fragmentados (esto lo desarrollaré más adelante y es una de
mis tesis principales para la fragmentación actual del territorio
latinoamericano). Es menester aclarar lo siguiente como otra de las
motivaciones para la lucha popular en latam: bajo ninguna circunstancia las
“democracias” que existen hoy son democracias. Los procesos que legitiman a los
distintos regímenes políticos como tales están configurados por y para las
élites/oligarquías; puede haber cierta percepción de democracia o libertad, pero
mientras las masas sigan sin articular su poder colectivo ante un sistema
opresor capitalista, racista, patriarcal, etcétera, el gobierno no será de las
mayorías porque la política se construye desde arriba hacia abajo y no al revés
(esa sería una democracia real), también es importante considerar como las
políticas de estas democracias tienen como eje agendas de crecimiento
económico, de un progreso y un desarrollo determinado por occidente, cual no se
puede realizar porque no somos o fuimos imperios construidos a partir de la
violencia necesaria para una acumulación originaria.
Este panorama, y su línea de análisis, es relevante para
la sociología porque la reta a reinterpretar la ontología de su objeto de
investigación , su epistemología, sus paradigmas, y sus metodologías ante un tipo
de realidad social que no se acomoda por completo a las generalizaciones
iniciales que los científicos clásicos construyeron. Nos obliga a adoptar y
adaptar maneras de pensar crítica y científicamente ante un sujeto/objeto de
estudio distinto, logrando develar nuevas precisiones sobre lo que se ha dicho
anteriormente. Por otro lado, el pensamiento latinoamericano en este caso y en
general es esencial, ya que es y hace mundo -en el sentido de que fue hecho en
búsqueda de la cimentación de una identidad autónoma ante el panorama constante
de opresión, explotación, saqueo y violencia que hemos vivenciado y seguimos
vivenciando-, ayudándonos a comprendernos y a comprender el mundo más allá de
lo que el imperialista o el colonizador quiere que conozcamos o creamos
respecto a la realidad. Esto es lo que en específico me parece extremadamente
trascendental: si queremos construir unidad organizada, debemos conocernos a
través de nuestra historia y nuestra cotidianidad. Y para esto, no hace falta
ponderar que somos frente a los cánones filosóficos extranjeros y definirnos de
manera abstracta, ya que nuestra identidad autónoma se forma partiendo de la
praxis.
¿Por qué estamos fragmentados?
En esta sección, mi intención es desarrollar las
condiciones socio-históricas que provocaron la desintegración/integración de Latinoamérica.
Las tesis de Lenin sobre el imperialismo son interesantes para este análisis; en
específico, los últimos dos puntos anteriormente citados y subrayados en cursivas
son claves para comprender la conformación de Latinoamérica. Sin embargo,
también habría que tomar en cuenta la concepción latinoamericana del
imperialismo, desarrollada inicialmente a través del pensamiento de José Martí.
Él ubica a la Doctrina Monroe como la base del imperialismo estadounidense, la
cual se materializa en el territorio centro y sudamericano con la subordinación
de los países legitimada a través del capital financiero estadounidense. Este les
permitió comprar territorio por cantidades bajísimas que hasta hoy conservan,
como sería el caso de gran parte de México, Puerto Rico y las Islas Vírgenes. Otros
ejemplos serían las inversiones directas y la instalación de compañías que
explotan la tierra, subsuelo y mano de obra precarizada, así como otros
recursos naturales. En este sentido, podemos poner como ejemplo a la United Fruit Company y su intervención
en los llamados “países bananeros” como Costa Rica, Honduras, El Salvador,
Panamá, Guatemala y Nicaragua.
De manera más actual, es menester destacar que Estados
Unidos ha hecho tratados de libre comercio con países latinoamericanos;
tratados con los cuáles ejerce coerción de una compra-venta de bienes injusta, es
decir, de exportaciones de bajo valor añadido. Estas mismas exportaciones son la base para entender la
fragmentación del territorio en un campo como el económico. Ellas fungen como
los cimientos para la vida cotidiana de la población en Latinoamérica, haciéndola
dependiente a los capitales financieros trasnacionales; configurando así una
economía política que inevitablemente genera inestabilidad económica y
sucesivamente inestabilidad política, construyendo naciones que no tienen la
fortaleza geopolítica para hacer frente al imperialismo que controla todas las
relaciones sociales de producción a través de un tipo de cambio que infla a su
gusto y que se respalda con el complejo industrial militar.
También podemos observar como muchos aspectos de la
herencia colonial impactan de manera tremenda en cómo se construyen tanto la
vida como las relaciones sociales en Latinoamérica. En primera instancia, la
pugna entre liberales y conservadores después de independizarse fue una lucha
enmarcada por paradigmas occidentales; filosofías políticas que (de distintas
maneras) están estructuradas para mantener las desigualdades estructurales que
necesita el capitalismo para funcionar al ritmo que funciona. Estas mismas, como
bases de Estados-nación, terminan por formar Estados que acogen lógicas
imperialistas que atacan a sus propias poblaciones y a naciones alternas en el
territorio que se perciben como “otros” o “ellos”-configurando una
inestabilidad política endógena y exógena que impide la organización mecánica-.
Las mismas independencias fueron necesarias para la consolidación de la
burguesía interna, que terminó siendo un factor importante para la
fragmentación del territorio. Estas mismas actuaron para construir una economía
dependiente al capital extranjero y no un mercado interno estable; el interés
de estas élites nunca estuvo ni ha estado allí, porque el capital financiero
siempre le ha pertenecido a los imperios. En esta misma línea, podemos incluir
lo que Mariátegui (2007) observa en Perú, además de lo observado por Vilaboy
(2015). La fragmentación le sirve al sistema capitalista para lograr articular
un territorio tan amplio en función de una organización ideal para la extracción
de recursos a modo de un “divide y vencerás”; en el caso de Latinoamérica, se
asumen las fronteras ya establecidas durante la colonia, además de asumir una
política centralizadora. Tomando esto en consideración, infiero que también
contribuyó a esto el denominado arraigo de “patria chica” algo similar al
fenómeno (heredado de la estructura organizativa fragmentada de liderazgos
pequeños de la colonia) mexicano del cacicazgo y de los pequeños caudillos;
fenómeno que se explica en ciudadanos imaginarios, pero con las peculiaridades
características a cada territorio.
Es extremadamente relevante considerar cómo los
distintos niveles de industrialización tuvieron un papel muy importante en esta
fragmentación, ya que estos mismos afectan el metabolismo social, promoviendo
que haya distintas distribuciones de riqueza o capital (no solo económico) y
que las clases sociales se construyan de distintas maneras y a distintos
ritmos. Además, podemos ver cómo las influencias de la burguesía interna y
externa permearon en la organización del territorio, ya que eran Estados
controlados por la misma, sin importar que fueran conservadores o liberales.
Por otro lado, la falta de un sistema de comunicación entre las naciones es
también influyente.
Si empezamos a hablar de los distintos factores
enmarcados en el siglo XX, desde la Segunda Guerra Mundial hasta el 2025, que
contribuyen a esta fragmentación, debemos hablar de la fuerte influencia
política y por lo tanto ordenadora de la cotidianeidad latinoamericana que
ejerce este imperio a través de la economía. Dentro de dicha cuestión, entraría
el apoyo financiero a grupos militares y paramilitares que dieron golpes de Estado
y aseguran que las compañías estadounidenses puedan saquear los recursos del
territorio. Esto ha ocurrido en Venezuela contra Rómulo Gallegos (1948) y Hugo
Chávez (2002), con el fin de extraer el petróleo de la zona; en Paraguay en
1954 contra Federico Chaves; en Guatemala contra Jacobo Árbenz (1954) como
estrategia para asegurar la explotación de la United Fruit Company; en
República Dominicana contra Juan Bosch (1963), la cual también tiene petróleo,
oro, gas natural, etc.; en Ecuador, contra María Velasco Ibarra (1960) y contra
Arosemena (1973); en Brasil, que también tiene petróleo gas y oro, contra Joao
Goulart (1964); en Argentina, contra Arturo Ilia (1966), Isabel Perón (1976), e
incluso se podría argumentar que también contra Cristina Fernández de Kirchner (desde
el 2007); en Bolivia, que tiene oro, plata y mucho gas natural, contra Hugo
Bánzer Suárez (1971) y contra Evo Morales (2019); en Uruguay, disolvieron las
cámaras de Senadores y Congresistas (1973); en Chile, que también tiene
petróleo y gas, contra Salvador Allende (1973) y demás violaciones a la
autodeterminación de los pueblos. La consecuencia de estas intervenciones fue,
generalmente, la imposición de dictaduras -militares o no- también planificadas,
apoyadas y financiadas por Estados Unidos.[1] Este financiamiento hacia
grupos paramilitares no se ha quedado en el pasado. Estados Unidos financia a
la oposición de los gobiernos progresistas actualmente, como sería el caso de
Venezuela, México, Brasil, entre otros. En todos estos casos, el
paramilitarismo ha dejado saldos de decenas de miles de desaparecidos. Queda
claro que todas estas intervenciones llevan a una crisis popular, a la
inestabilidad política y económica; desarticulan a las masas tanto de manera
local como regional y continental. No cabe duda de que seguimos procesando sus
consecuencias.
Desde la instauración del neoliberalismo hasta el
2025, el modus operandi de los gobiernos influye bastante en esta
desintegración. El simple acto de ir a las urnas y que cierto porcentaje de la
población deposite su voto en ellas no es igual a democracia. En ciertas zonas
es percibida como tal, pero en otras hay suficiente inestabilidad económica y
represión como obstáculo para articular a las masas. El neoliberalismo ha
convertido a la política -entendida esta no solo como el conjunto los procesos
institucionales, sino también como los esfuerzos cotidianos de organización y
de justicia social- en un acto, en acciones individuales con un sentido/lógica completamente
ajeno a las masas subalternas, creando animadversión por el involucramiento de
cualquier tipo ante la politización de luchas cuales mas allá de sus
diferencias, en general comparten al imperialismo como la chispa que destruye
todo el ecosistema. Los problemas se han atomizado, y cuando los agentes
intentan colectivizar las luchas, el ritmo cotidiano capitalista -y la propia
percepción sobre el mundo influenciada por ideologías neoliberales- dificulta
la construcción de una contrahegemonía. La política, ahora, busca reformar al
capitalismo (en los países donde no hay gobiernos de ultraderecha), y si algo
nos puede enseñar la historia es que esos cambios nunca han significado
liberación, y las luchas permanecen estériles.
¿Acaso podemos pensar en organización y unidad popular latinoamericana hoy por hoy?
Este es un problema altamente complejo. Al basarnos en
la tesis central del imperialismo como fundamento principal para la
fragmentación de Latinoamérica, el caminar de nuestros pueblos está fuertemente
limitado por un mapa trazado por los intereses trasnacionales. La soberanía
latinoamericana no puede realizarse, porque las condiciones reales constriñen
sus procesos democráticos; no cuentan con una estructura y cotidianeidad -y por
lo tanto economías y gobiernos- lo suficientemente estables para articularse
mecánicamente -aunque también podría considerarse que esa misma inestabilidad
económica y consecuentemente política podría llevarnos a procesos
revolucionarios frente al panorama presente-.
Es muy importante considerar que los Estados-nación
del territorio fueron forzados (por los vacíos de poder y falta de identidad
política autónoma después de las independencias) a construirse a partir de las
lógicas de estado occidentales. En estos Estados, la organización se basa en la
seguridad y en la violencia en vez del cuidado mutuo; donde hay orden en vez de
consenso popular; donde hay fragmentación simultánea a una centralización en
vez de unión y horizontalidad. Frente a todas estas concepciones habrá que replantearnos
el sentido práctico que queremos tener al unirnos. Y es que los cimientos de la
actual organización producen y reproducen la marginación; las relaciones de
poder internas y externas, la desigualdad, la violencia, el racismo, la
misoginia, el clasismo, la heteronormatividad, entre otros.
Otro problema también sería el que enuncia Fanon
(2018):
este
voluntarismo espectacular que pretendía llevar de un solo golpe al pueblo
colonizado a la soberanía absoluta, esta certidumbre que se tenía de arrastrar
consigo, al mismo paso y con idéntica claridad, a todos los sectores de la
nación, esa fuerza que fundaba la esperanza se revela, con la experiencia, como
una gran debilidad. Mientras imaginaba poder pasar sin transición de la
situación de colonizado a la de ciudadano soberano de una nación independiente,
mientras se dejaba admirar por el espejismo de la inmediatez de sus músculos,
el colonizado no hacía verdaderos progresos en la vía del conocimiento. Su
conciencia seguía siendo rudimentaria (pág. 152).
Pero esta problemática es propia a quienes comenzamos
a pensar la liberación popular; habría que entonces responsabilizarnos por
organizarnos para desarrollar conciencia sobre la condición práctica de Latinoamérica.
La principal respuesta a esto no sería articular una federación Latinoamericana
dentro de las lógicas de una política de partidos controlados por las distintas
burguesías que tienen como interés la acumulación, la supremacía blanca y la
reproducción del patriarcado. Tampoco sería dejar nuestros problemas, y por
ende nuestra responsabilidad por el futuro propio, a una democracia cuyos
intereses nunca serán la reivindicación de nuestros pueblos por la estructura
de la misma. La respuesta la vivenciamos en nuestros huesos y en la piel de las
masas: es una respuesta continua y altamente dialéctica. La sabemos cuando
escuchamos a los distintos pueblos luchar por su tierra; por preservar sus
culturas; por poseer un empleo digno; por tener equidad de género; cuando
rechazan su situación neocolonial; cuando se esfuerzan por preservar la vida en
países gobernados por quienes causan hambruna; cuando luchan contra la
gentrificación; cuando no permiten ser tratados como animales al migrar en
búsqueda de oportunidades de vida; cuando resisten ante sanciones y aranceles.
Esta lucha será articulada cuando escuchemos y reconozcamos el poder
perteneciente a cada pueblo y compartamos el propio en función de colectivizar
la solución a los problemas que como vemos aquí, son estructurales, y cuando
reconozcamos el grado de compromiso que las masas debemos tener ante un
presente cual no ve por nosotros y no cambiará para nosotros, y para hacerlo
habría que ponderar seriamente, ¿Por qué las luchas estan hoy más
individualizadas que nunca, más desmembradas y más despolitizadas? ¿Qué podemos
hacer para des-atomizar las luchas? ¿Acaso están así porque hemos olvidado que
dónde radica, con sus especificaciones, matices y heterogeneidades dentro de
una totalidad última, el origen de nuestros problemas es en la estructura y por
lo tanto en el sentido práctico capitalista?
Trabajos citados.
Fanon, F.
(2018). Los Condenados de la Tierra.
Fondo de Cultura Económica.
Lenin, V.
(2019). Imperialism:
The highest stage of capitalism. Wellred Books.
Vilaboy, S. G. (2015). Nueva Historia Mínima de
América Latina (Archivo General de la Nación (vol. CCXXVIII), Ed.). Departamento de
Investigación y Divulgación.
Mariátegui, J.
C. (2007). 7 ENSAYOS DE INTERPRETACIÓN DE
LA REALIDAD PERUANA (B. Ayacucho, Ed.). Fundación Biblioteca Ayacucho.
Rojas, F., Rodríguez,
M., J. & Salinas, D. (2024). Intervencionismo
estadounidense: pasado y presente.
[i] Esta influencia política no
solo se ve en forma de dictaduras o golpes de Estado, sino también en tratados
que otros territorios hicieron entre sí. Este sería el caso de la Commonwealth
Británica, a la cual se empezaron a anexar a partir de 1949 los territorios de
Jamaica, Granada, la Guyana británica, Belice, Trinidad y Tobago, las Bahamas,
Antigua y Barbuda, Santa Lucia, y más países del Caribe. En estos territorios,
Reino Unido, al igual que lo hace Estados Unidos, extrae recursos sin problema
alguno. Basta recordar que, durante mucho tiempo, estableció en el Caribe
anglófono (en ese entonces denominado como las West Indies) una producción esclavista nunca antes vista y después
producción asalariada de la cual dependieron y dependen estos países.

Comentarios
Publicar un comentario