Reflexiones imaginarias de una mente fragmentada.

Mauricio Flores Velázquez.

Maufv2003@gmail.com

 

Uróboros moderno.

 

La aceleración está acabando con nosotros.

Nos vemos cada vez más destruidos por una espiral de consumismo hiperlumínico. Nuestro tiempo se ve degenerado, engullido por la ardiente garganta de Ancalagon, La tormenta que muerde (monumental dragón de la mitología del escritor y profesor británico J. R. R. Tolkien), quien obstruía el sol con su envergadura. Es diametralmente más sencillo nombrar al capitalismo como esta montañesca bestia de fantasía, capaz de sumir al mundo en la oscuridad con su presencia. Sin embargo, Hay una diferencia radical que puede tirar abajo mi metáfora, y es que Ancalagon pudo ser derrotado.

Mi triste intento por abrir este texto con una referencia literaria que sonaba mejor en mi cabeza no miente. Mis palabras aquí plasmadas, tanto las ya escritas como la perorata que vendrá a continuación, carecen casi por completo de toda heterodoxia (acabo de decir “casi”, he ahí el posible valor académico de esto). El título que goza este ensayo fue ideado en medio del insomnio, absoluto despropósito existencial y un declive en mi depresión clínica. La cuestión es que pretendo elaborar un breve análisis en el devenir social, político, cultural y económico para entender la pandemia de depresión que afecta a la población mundial,

 Desde hace algunos años me he visto obsesionado con la angustia generalizada, la tristeza, ansiedad y profunda melancolía que aquejan al común de la población. Obsesión que me llevó a interesarme en estudiar sociología, y ahora, aquí, la angustia que se asoma tras mi nuca me es tan aterradora como cualquier monstruo que acechaba bajo mi cama durante mi infancia. No sé en qué medida alguien como yo, que acabó en este lugar por capricho del destino, puede aportar algo de valor a una conversación tan longeva como lo es la tristeza.

Si bien la maestra Vanessa, quien se encargó de enseñarme las bases del pensamiento positivista, me podría decir que cualquier nueva perspectiva (obviamente ilustrada) es aceptable sobre la mesa de debate, me he encontrado muchas veces problematizando la relativización de la verdad (culpa enteramente del positivismo), concluyendo para mis adentros que no es suficiente. ¿De qué me sirve ver una de las tantas perspectivas que hay de una maldita taza si nunca me le acerco? ¿Si nunca la tomo entre mis manos para empinarla, derramar su contenido través de mis labios y empaparme con la belleza de la verdad que escondía dentro de su porcelana? Es decir, no creo ser el único que necesita conclusiones.

En su obra magna, Realismo Capitalista, Mark Fisher (2016) escribe que el capitalismo es un parásito abstracto, un gigantesco vampiro, un hacedor de zombies; pero la carne fresca que convierte en trabajo muerto es la nuestra y los zombies que genera somos nosotros mismos” (pág. 39). A lo que se refiere con tan pintoresca frase es que, en cierta forma dialécticamente triste, una de las contradicciones más grandes de Ancalagon es que él nos necesita tanto como nos destruye. La Tormenta que mastica no sería capaz de levantar vuelo sin la fuerza que nosotros le proveemos; somos la gasolina de su motor, y, claro, viéndolo así, es natural llegar a la conclusión de que Ancalagon no puede no estarnos consumiendo hasta acabar con nosotros. Pero Ancalagon no puede “perpetuar eternamente le ciclo de autorreproducción del dinero” (Concheiro, 2016, pág. 21), no puede acrecentar su alcance y ganancias cuando su recurso principal es nuestra fuerza, nuestra vida. Puede que para un dragón descomunal sea difícil de asimilar esto: los humanos tenemos límites. No hay crecimiento infinito en un mundo de recursos finitos.

¿Por qué esta bestia busca incrementar su ganancia con tanta celeridad? ¿Qué hay detrás de tanta riqueza que atrae tanto a Ancalagon El Negro? El dinero ofrece demasiado, no es mi intención llegar a dar discursos sobre que el dinero no es capaz de comprar la felicidad. ¡Claro que puede! ¿Quién no es feliz al hacer una compra inútil guiados por el instinto y la barbarie? ¿Quién no es feliz al poder pagar la renta, o el gas, o la luz, o el agua? Carajo, ¿Quién no es feliz por poder comer? Todo esto es natural. Aunque todo esto, siguiendo la analogía, ya lo tienen los fieles lacayos de Ancalagon. ¿O no? Es decir, todos aquellos encargados de proveerle los recursos para continuar su lucha interminable por ganancia ya tienen suficiente dinero para morir sin preocupaciones. ¿Qué más quieren de nosotros si ellos lo tienen todo y nosotros sólo podemos conformarnos con sus masticadas migajas?

Ahora tengo ante mi dos bifurcaciones: puedo adentrarme dentro de las cochinas alcantarillas cognitivas del colectivo detrás de Ancalagon, citar la Pirámide de Maslow y cosas por el estilo… o recoger cable.

 

¿Qué nos quedará cuando se nos termine el tiempo?

 

Angustia. Es lo que nos ha dejado la presencia sistematizada de Ancalagon. El desgraciado ha logrado inmiscuirse hasta lo más profundo de nuestra civilización, infectando nuestras vidas hasta la medula. La mayor prueba de esto es, por supuesto, el tiempo.

Gente con mayor capacidad que yo ha arremetido contra este tema. Como E.P. Thomson, quien expone lo tiránico del tiempo post industrial, tras la aparición del reloj; o Luciano Concheiro (2016), quien dice que “el tiempo fue desnaturalizado: dejó de depender de los limites biológicos del ser humano y de los demás animales que eran utilizados como fuente de energía productiva” (pág. 24).

Ancalagon, como parte de su malévolo plan de expansión y dominación nos ha arrebatado el tiempo. ¿Porqué? Es obvio, una vez despojados de nuestros medios de producción, de nuestra propiedad privada, ¿qué es más nuestro que nuestro tiempo? Ya lo dijo Berardi (2020) de forma que yo jamás podría: “…la riqueza es TIEMPO: Tiempo para gozar, Tiempo para viajar, Tiempo para conocer, Tiempo para hacer el amor, Tiempo para comunicar” (pág. 22). Así es como se mata el espíritu humano, así es como se finaliza la alienación del trabajo, de la vida, del amor, de todo aquello que nos vuelve nosotros.

Respondiendo al gran “¿Por qué?” de esta parte de mi precario análisis… La razón para absorber nuestro tiempo de vida no es otra que la necesidad de control de Ancalagon. Sólo así la gran bestia negra puede tener disponibilidad absoluta sobre nuestra fuerza, toma nuestro tiempo y mágicamente te vuelves poseedor de nuestros futuros, y teniendo nuestros futuros, lo tienes todo. Si la fe, tal como la entiende José Carlos Mariátegui (2021), es la fuerza imperecedera de la liberación social, pues es matando la fe en el mito de que somos dueños de nuestro tiempo que matas cualquier intento de liberación.

Fisher viene a mi mente al pensar sobre la pérdida del futuro. No hay tiempo aquí, ya no más (Fisher, 2018, pág. 25); así da inicio al primer ensayo de Los fantasmas de mi vida: escritos de depresión, hauntología y futuros perdidos, que, con su muerte a causa de suicidio en enero de 2017, resulta en una poderosa elegía (junto a toda su obra, en realidad), la crónica de una muerte anunciada de un pensador que dedicó gran parte de su oficio a sobre pensar en estos hechos, en estas contradicciones que tanto lo aquejaron en vida. Hasta que finalmente perdió la batalla contra la depresión.

Hace años, al leer Bueno para nada, el último de los fantasmas de su vida, no pude más que empatizar dolorosamente con el sentimiento de abandono y falta de propósito que arrastra el pequeño ensaño. “Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que soy un Bueno para Nada” (Fisher, 2018, pág. 280). ¿Por qué se le hizo creer a alguien como Mark Fisher que no había lugar para él en este mundo? El capitalismo ha matado el ocio, “mientras que la rapidez, la eficacia y la agilidad se santifican; la lentitud, la torpeza y la pereza resultan aberrantes. Téngase presente que la etimología de ‘negocio’ es neg-otium, la negación del ocio, y así, del reposo” (Concheiro, 2016, pág. 19). Concheiro lo deja claro: no tenemos permitido el descanso, cada segundo sin obras, es capital muerto. Claro que Ancalagon no se puede permitir perder uno sólo de sus ingresos, ni aún si le cuesta fuerza de trabajo. Han pasado 20 años desde que Lisa Simpson, en La última salida de Springfield, proclamó: “marcharemos hasta caer… Lucharemos hasta la muerte o nos plegaremos como sombrillas. Entonces marcharemos día y noche por la gran torre de enfriamiento. Ellos tienen la planta Nosotros tenemos el Poder”.

Hemos perdido. Hemos perdido el Poder. Hemos perdido el Tiempo. Hemos perdido el Futuro.

No hubo mucho que pudiéramos hacer, la batalla se peleó. Tal vez la derrota fue justa.

Cualquier mito, cualquier ideal en el futuro ha ido cayendo en la ruina cognitiva. La ciencia ficción posmoderna se ha dedicado a re-imaginar el futuro para la generación que dejó de creer en él, ahora, nuestra ciencia ficción está rota. Imaginamos el mismo mundo, el mismo Ancalagon, el mismo sufrimiento; pero con tecnología que por supuesto está por y para Ancalagon. Las maravillosas prótesis mecánicas no hacen ninguna hazaña grandiosa, estas no sirven para nada más que seguir minando luego de tus brazos orgánicos haberse caído. Somos la generación sin mitos, la generación que ha perdido el futuro.

No soy una persona optimista. Veo el Manifiesto Post futurista de Berardi como un sueño idílico. Tal vez Fisher, con todo el dolor de mi corazón, tenía la razón y es más fácil imaginar el fin del mundo al fin del capitalismo (sí, ya no es Ancalagon, pues, como ya establecimos antes, incluso la Tormenta que muerde fue derrotada). Tal vez debería hacer como Mariátegui y pasar el balón del debate a otra ciencia. Tal vez la filosofía o la economía tengan la respuesta. 

 

A manera de conclusión.

 

Según Berardi, el Capitalismo también ha muerto. Si me lo preguntan, no es nadie más que el Estado, la Ley, quienes mantienen su cadáver putrefacto a flote, como si fuera la película Weekend at Bernie’s. El capitalismo murió de un infarto fulminante en la crisis del ’29. Desde entonces, el Estado ha estado aferrándose a él, dándole de vez en vez una inyección de adrenalina o una descarga eléctrica para que su monitor vital siga pitando. Marx tuvo razón, el capitalismo cayó por su propio peso. El Enemigo por vencer es el Estado.

Las masas se unirán como ya lo han hecho, vencerán al Estado como ya lo han hecho. Espero que hayamos aprendido algo para entonces, y así, evitar que los muertos regresen.

Sientes los minutos sobre tus dedos, tangibles como la luz, para luego desmoronarse en un torrente interminable de imágenes y recortes de sueños. Ahí lo ves, ves la vida morir. Experimentas la risible velocidad de la existencia. Te ataca la dolorosa impotencia del fin. ¿Qué nos quedará cuando se nos termine el Tiempo?

 

Trabajos citados.

 

Berardi, F. (2020). Generación Post-Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Tinta Limón Editores.

Concheiro, L. (2016). Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante. Editorial Anagrama.

Fisher, M. (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja negra Editora.

Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Caja Negra Editora.

Mariátegui, J. C. (2021). Antología. Siglo XXI Editores.



Comentarios