Mauricio Flores Velázquez.
Uróboros moderno.
La
aceleración está acabando con nosotros.
Nos vemos cada vez más destruidos por
una espiral de consumismo hiperlumínico.
Nuestro tiempo se ve degenerado, engullido por la ardiente garganta de Ancalagon, La tormenta que muerde
(monumental dragón de la mitología del escritor y profesor británico J. R. R.
Tolkien), quien obstruía el sol con su envergadura. Es diametralmente más
sencillo nombrar al capitalismo como esta montañesca bestia de fantasía, capaz
de sumir al mundo en la oscuridad con su presencia. Sin embargo, Hay una
diferencia radical que puede tirar abajo mi metáfora, y es que Ancalagon pudo ser derrotado.
Mi triste intento por abrir este texto
con una referencia literaria que sonaba mejor en mi cabeza no miente. Mis
palabras aquí plasmadas, tanto las ya escritas como la perorata que vendrá a
continuación, carecen casi por completo de toda heterodoxia (acabo de decir
“casi”, he ahí el posible valor académico de esto). El título que goza este
ensayo fue ideado en medio del insomnio, absoluto despropósito existencial y un
declive en mi depresión clínica. La cuestión es que pretendo elaborar un breve
análisis en el devenir social, político, cultural y económico para entender la pandemia de depresión que afecta a la
población mundial,
Desde hace algunos años me he visto
obsesionado con la angustia generalizada, la tristeza, ansiedad y profunda
melancolía que aquejan al común de la población. Obsesión que me llevó a
interesarme en estudiar sociología, y ahora, aquí, la angustia que se asoma
tras mi nuca me es tan aterradora como cualquier monstruo que acechaba bajo mi
cama durante mi infancia. No sé en qué medida alguien como yo, que acabó en
este lugar por capricho del destino, puede aportar algo de valor a una
conversación tan longeva como lo es la
tristeza.
Si bien la maestra Vanessa, quien se
encargó de enseñarme las bases del pensamiento positivista, me podría decir que
cualquier nueva perspectiva (obviamente ilustrada) es aceptable sobre la mesa
de debate, me he encontrado muchas veces problematizando la relativización de
la verdad (culpa enteramente del positivismo), concluyendo para mis adentros
que no es suficiente. ¿De qué me sirve ver una de las tantas perspectivas que
hay de una maldita taza si nunca me le acerco? ¿Si nunca la tomo entre mis
manos para empinarla, derramar su contenido través de mis labios y empaparme
con la belleza de la verdad que escondía dentro de su porcelana? Es decir, no
creo ser el único que necesita conclusiones.
En su obra magna, Realismo
Capitalista, Mark Fisher (2016)
escribe que “el capitalismo es un parásito abstracto, un gigantesco
vampiro, un hacedor de zombies; pero la carne fresca que convierte en
trabajo muerto es la nuestra y los zombies que genera somos nosotros mismos”
(pág. 39). A lo que se refiere con tan pintoresca frase es que, en
cierta forma dialécticamente triste, una de las contradicciones más grandes de Ancalagon es que él nos necesita tanto
como nos destruye. La Tormenta que mastica
no sería capaz de levantar vuelo sin la fuerza que nosotros le proveemos; somos
la gasolina de su motor, y, claro, viéndolo así, es natural llegar a la
conclusión de que Ancalagon no puede
no estarnos consumiendo hasta acabar con nosotros. Pero Ancalagon no puede “perpetuar eternamente le ciclo de
autorreproducción del dinero”
¿Por qué esta bestia busca incrementar
su ganancia con tanta celeridad? ¿Qué hay detrás de tanta riqueza que atrae
tanto a Ancalagon El Negro? El dinero
ofrece demasiado, no es mi intención llegar a dar discursos sobre que el dinero
no es capaz de comprar la felicidad. ¡Claro que puede! ¿Quién no es feliz al
hacer una compra inútil guiados por el instinto y la barbarie? ¿Quién no es
feliz al poder pagar la renta, o el gas, o la luz, o el agua? Carajo, ¿Quién no
es feliz por poder comer? Todo esto es natural. Aunque todo esto, siguiendo la
analogía, ya lo tienen los fieles lacayos de Ancalagon. ¿O no? Es decir, todos aquellos encargados de proveerle
los recursos para continuar su lucha interminable por ganancia ya tienen
suficiente dinero para morir sin preocupaciones. ¿Qué más quieren de nosotros
si ellos lo tienen todo y nosotros sólo podemos conformarnos con sus masticadas
migajas?
Ahora tengo ante mi dos bifurcaciones:
puedo adentrarme dentro de las cochinas alcantarillas cognitivas del colectivo
detrás de Ancalagon, citar la
Pirámide de Maslow y cosas por el estilo… o recoger cable.
¿Qué nos quedará cuando se nos termine el tiempo?
Angustia. Es lo que nos ha dejado la
presencia sistematizada de Ancalagon.
El desgraciado ha logrado inmiscuirse hasta lo más profundo de nuestra
civilización, infectando nuestras vidas hasta la medula. La mayor prueba de
esto es, por supuesto, el tiempo.
Gente con mayor capacidad que yo ha
arremetido contra este tema. Como E.P. Thomson, quien expone lo tiránico del
tiempo post industrial, tras la aparición del reloj; o Luciano Concheiro
(2016), quien dice que “el tiempo fue
desnaturalizado: dejó de depender de los limites biológicos del ser humano y de
los demás animales que eran utilizados como fuente de energía productiva” (pág.
24).
Ancalagon, como
parte de su malévolo plan de expansión y dominación nos ha arrebatado el
tiempo. ¿Porqué? Es obvio, una vez despojados de nuestros medios de producción,
de nuestra propiedad privada, ¿qué es más nuestro que nuestro tiempo? Ya lo
dijo Berardi (2020) de forma que yo jamás podría: “…la riqueza es TIEMPO: Tiempo para gozar, Tiempo para viajar, Tiempo
para conocer, Tiempo para hacer el amor, Tiempo para comunicar” (pág. 22).
Así es como se mata el espíritu humano, así es como se finaliza la alienación
del trabajo, de la vida, del amor, de todo aquello que nos vuelve nosotros.
Respondiendo al gran “¿Por qué?” de
esta parte de mi precario análisis… La razón para absorber nuestro tiempo de
vida no es otra que la necesidad de control de Ancalagon. Sólo así la gran bestia negra puede tener disponibilidad
absoluta sobre nuestra fuerza, toma nuestro tiempo y mágicamente te vuelves
poseedor de nuestros futuros, y teniendo nuestros futuros, lo tienes todo. Si
la fe, tal como la entiende José Carlos Mariátegui (2021), es la fuerza
imperecedera de la liberación social, pues es matando la fe en el mito de que
somos dueños de nuestro tiempo que matas cualquier intento de liberación.
Fisher viene a mi mente al pensar
sobre la pérdida del futuro. “No
hay tiempo aquí, ya no más”
Hace años, al leer Bueno para nada,
el último de los fantasmas de su vida, no pude más que empatizar dolorosamente
con el sentimiento de abandono y falta de propósito que arrastra el pequeño
ensaño. “Mi depresión siempre estuvo
atada a la convicción de que soy un Bueno para Nada”
Hemos
perdido. Hemos perdido el Poder. Hemos perdido el Tiempo. Hemos perdido el
Futuro.
No hubo
mucho que pudiéramos hacer, la batalla se peleó. Tal vez la derrota fue justa.
Cualquier mito, cualquier ideal en el
futuro ha ido cayendo en la ruina cognitiva. La ciencia ficción posmoderna se
ha dedicado a re-imaginar el futuro para la generación que dejó de creer en él,
ahora, nuestra ciencia ficción está rota. Imaginamos el mismo mundo, el mismo Ancalagon, el mismo sufrimiento; pero
con tecnología que por supuesto está por y para Ancalagon. Las maravillosas prótesis mecánicas no hacen ninguna
hazaña grandiosa, estas no sirven para nada más que seguir minando luego de tus
brazos orgánicos haberse caído. Somos la generación sin mitos, la generación
que ha perdido el futuro.
No soy una persona optimista. Veo el
Manifiesto Post futurista de Berardi como un sueño idílico. Tal vez Fisher, con
todo el dolor de mi corazón, tenía la razón y es más fácil imaginar el fin del
mundo al fin del capitalismo (sí, ya no es Ancalagon, pues, como ya
establecimos antes, incluso la Tormenta que muerde fue derrotada). Tal vez
debería hacer como Mariátegui y pasar el balón del debate a otra ciencia. Tal
vez la filosofía o la economía tengan la respuesta.
A manera de conclusión.
Según Berardi, el Capitalismo también
ha muerto. Si me lo preguntan, no es nadie más que el Estado, la Ley, quienes
mantienen su cadáver putrefacto a flote, como si fuera la película Weekend
at Bernie’s. El capitalismo murió de un infarto fulminante en la crisis del
’29. Desde entonces, el Estado ha estado aferrándose a él, dándole de vez en
vez una inyección de adrenalina o una descarga eléctrica para que su monitor
vital siga pitando. Marx tuvo razón, el capitalismo cayó por su propio peso. El
Enemigo por vencer es el Estado.
Las masas se unirán como ya lo han
hecho, vencerán al Estado como ya lo han hecho. Espero que hayamos aprendido
algo para entonces, y así, evitar que los muertos regresen.
Sientes los minutos sobre tus dedos,
tangibles como la luz, para luego desmoronarse en un torrente interminable de
imágenes y recortes de sueños. Ahí lo ves, ves la vida morir. Experimentas la
risible velocidad de la existencia. Te ataca la dolorosa impotencia del fin.
¿Qué nos quedará cuando se nos termine el Tiempo?
Trabajos
citados.
Berardi, F. (2020). Generación
Post-Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Tinta Limón
Editores.
Concheiro,
L. (2016). Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante. Editorial
Anagrama.
Fisher,
M. (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja negra
Editora.
Fisher,
M. (2018). Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y
futuros perdidos. Caja Negra Editora.
Mariátegui,
J. C. (2021). Antología. Siglo XXI Editores.

Comentarios
Publicar un comentario