Diferencias, presencias y azúcar. La herencia colonial y las identidades culturales en Latinoamérica.
Manuel Martínez Gutiérrez.
Regina
Escobar Gámez.
…deberíamos pensar en la identidad
como una “producción” que nunca está completa, sino que siempre está en proceso
y se constituye dentro de la representación, y no fuera de ella.
(Hall, 1999, pág.
349).
Todo el tiempo que permanecí en
Barrio Jauca me sentí como si estuviera en una isla, flotando en un mar de
caña.
(Mintz, 1996, pág.
16).
La historia de
América ha sido de todo, menos pacífica y homogénea. Colonización, descolonización,
explotación, independencia, imperialismo, liberación, revolución pasiva,
dictadura; los países americanos han tenido que vivir con los fantasmas del
pasado colonial mientras tratan de construir su propio presente. En esta
situación, ¿cómo es que construyen sus
identidades? La pregunta no es fácil de responder. En este escrito,
revisaremos la propuesta de Stuart Hall sobre la identidad cultural y diáspora. Retomaremos los elementos teóricos
de la identidad que él propone para, de este modo, reflexionar sobre la
construcción identitaria de las naciones latinoamericanas.
Dividiremos el trabajo en tres
secciones. En la primera, desarrollaremos los conceptos de Hall sobre las
identidades. En la segunda, problematizaremos el concepto de similitud en la construcción de una
identidad que englobe a todos los países latinoamericanos. En la tercera,
argumentaremos que, aunque no hay una
similitud latinoamericana, herencias coloniales como el azúcar funcionan como presencias
que han dejado huellas en los países. Y esto provoca que no exista una sola
identidad latinoamericana, sino múltiples identidades.
Similitud, diferencia, presencia. La
identidad para Stuart Hall.
La identidad se expresa, de manera
más literal, por medio de representaciones.
Ya sea en la música, en el cine, la comida, las manera de hablar y de ser; esas
formas simbólicas configuran una posición desde la cual hablamos y comprendemos
al mundo. ¿Acaso hay algo que se encuentre afuera de esas representaciones? Es
decir, ¿Se puede decir que las identidades se encuentran dadas, acabadas fuera
de las representaciones y que sólo se reflejan terminadas? Para Hall (1999), las identidades no se reflejan en las representaciones,
sino que son construcciones dadas dentro de las mismas representaciones.
Así, la lectura comprende a la identidad no como una esencia, sino como una
cimentación histórica.
En primer lugar, el autor menciona
una primera forma de concebir a la identidad: como una especie de conciencia colectiva que todos los
miembros de un pueblo, sin importar sus trayectorias individuales, poseen. Esta
conciencia colectiva es una historia compartida; un pasado en común que
recuerda a las culturas precoloniales, reivindicando tanto a los pueblos
originarios como sus representaciones. Esta
concepción ve a la identidad como algo que se debe de redescubrir o desenterrar.
Y, de este modo, ha motivado tanto a movimientos sociales como a la
reconstrucción de “una plenitud
imaginaria que se contrapone a la rúbrica quebrada de nuestro pasado”
Sin embargo, Hall menciona que
existe otra forma de concebir a la identidad: no como algo que espera ser
redescubierto, sino como algo que va cambiando históricamente. Es decir, que
… lejos de estar basadas en la mera
“recuperación” del pasado que aguarda a ser encontrado, y que cuando se
encuentre asegurará nuestro sentido de nosotros mismos en la eternidad, las
identidades son los nombres que les damos a las diferentes formas en las que
estamos posicionados, y dentro de las que nosotros mismos nos posicionamos, a
través de las narrativas del pasado
Este enfoque de
identidad ya no se enfoca en las similitudes, sino en las diferencias. Hall menciona que la colonización no sólo fue
coercitiva, sino también simbólica; impuso a los colonizados una visión del
mundo en donde ellos eran los otros. Esta
otredad fue interiorizada como algo despreciable, malo, incivilizado, como lo
inferior ante la superioridad de los colonizadores.
Una vez expuestas estas dos
concepciones distintas sobre la identidad, ¿con cuál se queda nuestro autor?
¿Con la similitud o la diferencia? Paradójicamente, se queda con ambas. Si la
identidad es un constructo histórico que se va resignificando con el paso del
tiempo, el autor propone ver cómo influyen las similitudes y diferencias en
este proceso. Las sociedades colonizadas tienen una historia en común, pero
también han tomado trayectorias e historias únicas. Hall lo ve con Martinica y
Jamaica: ambas fueron colonizadas y comparten un pasado en común, pero las
trayectorias que han tomado hacen a Fort-de-France
y a Kingston muy diferentes. También
podemos ver esto en Latinoamérica: tanto Perú como México fueron conquistados
por España, pero sus trayectorias singulares los hacen países muy diferentes.
¿Cómo podemos englobar entonces a las identidades? Para responder a esto, la
lectura retoma un concepto de Jacques Derrida: la différance.
La différance (un juego de palabras
en francés) propone que los significados no son puros o acabados, como si cada
palabra encerrara en su totalidad un único concepto. En su lugar, los
significados siempre están diferidos hacia otros significados, haciendo que el
concepto original siempre esté
diferido en esta cadena de otros conceptos. Para Hall (1999),
debido a que la significación depende
del perpetuo reposicionamiento de sus términos diferenciales, el significado,
en una instancia específica, depende de la fijación contingente y arbitraria:
la “ruptura” necesaria y temporal en la infinita semiosis del lenguaje. Esto no
disminuye la penetración inicial. Sólo
amenaza con hacerlo si consideramos este “corte” de identidad, este
posicionamiento que hace posible el significado, como un “final” natural y
permanente, en lugar de uno arbitrario y contingente [cursivas mías] (pág.
355).
Así, las
identidades jamás están acabadas, esencializadas,
sino que remiten a otras identidades, otros significados que se van difiriendo
y diferenciando con el paso del tiempo. Y estos otros significados, que
repercuten nuestras identidades, son presencias (présences): presencias de Europa, América, y África que van
construyendo las identidades culturales de los pueblos americanos.
En los países del Caribe, el autor
menciona que la presencia europea representa la exclusión y represión. Es muy
complicado tomarla en cuenta, pero Hall dice que hay que hacerlo. La presencia
africana, por el contrario, es el de la similitud y el pasado en común que los
pueblos caribeños abrazan. Es una herencia africana que, en base a la
resignificación que le dan los pueblos caribeños, aparece en sus pinturas, su
música, su habla. La presencia americana es, en palabras textuales de Hall
(1999), “la tierra vacía”, ya que
“ninguna de las personas que ocupan las islas hoy en día… ‘pertenecían’
originalmente a este lugar. Es el espacio donde se negoció la creolización, la
asimilación y el sincretismo” (pág. 358).
¿Una tierra vacía? Los desafíos de una similitud “latinoamericana”.
En la propuesta para pensar la
identidad de Hall hay una similitud, una diferencia y presencias que
construyen, a manera de différance, las identidades culturales. ¿Cómo podemos
ampliar esa concepción de identidad ya no sólo en los países caribeños, sino
también en la América continental? ¿Podemos decir que existe una identidad latinoamericana? Para poder
decir que existe efectivamente una identidad que englobe a todos los países
latinoamericanos, habría que encontrar una similitud, diferencias y presencias.
En la similitud, se debería esbozar un pasado en común, precolonial, que todas
las naciones latinoamericanas compartan. Sería la búsqueda de un común
denominador bajo el cuál todos los países descendemos. Pero, ¿existe dicho? Es menester indicar que la
América continental es tan grande como diversa. Y esa diversidad hace que el
concepto de similitud se complique si quiere englobar a absolutamente todas las
sociedades americanas; sean del Caribe, de Latinoamérica o incluso de Canadá y
Estados Unidos.
Y es que, si bien para las
identidades caribeñas la presencia americana puede representar a la tierra vacía, para Latinoamérica el caso
fue muy distinto. No era una tierra vacía, sino que era una tierra en donde se
encontraban viviendo aproximadamente 50 millones de personas
Los puntos de unión para
Latinoamérica no pueden venir del pasado. ¿Pero qué hay del presente? Han
existido proyectos que engloban una misma historia e identidad en común para
Latinoamérica; el ejemplo más claro de esto es Nuestra América de Simón Bolívar. Sin embargo, Bolívar no volteaba
a ver al pretérito, sino al porvenir. Su proyecto identitario no reivindicaba a
los pueblos indígenas ni prehispánicos, sino que reivindica como
características comunes el que las sociedades latinoamericanas compartan la misma
lengua y religión. Como dice Morales (2021), esta visión es sumamente
problemática, ya que este imaginario excluye por completo a quienes no sean
criollos; deja a un lado toda la pluralidad de sociedades existentes en América
Latina. Es así que, si queremos encontrar una similitud latinoamericana, o
americana en general, ésta no tendrá que venir ni del pasado ni del porvenir.
Pero entonces, ¿de dónde vendrá? Esa pregunta todavía no ha sido contestada,
pero podemos decir que no se puede reducir toda la complejidad y diversidad de
las sociedades latinoamericanas bajo una misma similitud.
Esto no significa que no
compartamos una historia en común. Con seguridad, podemos decir que si algo
compartimos todas las sociedades latinoamericanas es la subyugación colonial. Esta historia nos une, pero no es una
similitud en el sentido que Hall le da a la palabra. ¿Si no hay una similitud
clara no podemos abordar los otros conceptos de Hall para las identidades
latinoamericanas? No necesariamente, la subyugación colonial que toda América
sufrió nos brinda las bases para abarcar las diferencias. Es decir, que nos permite ver no sólo como la
colonización permea hasta nuestros días, sino también como las distintas
sociedades y regiones americanas tradujeron esta colonización (a manera de
herencia colonial) para construir sus identidades. Más que existir una única
identidad latinoamericana, existen varias identidades latinoamericanas. Cada
una va imaginando su propio pasado (tanto prehispánico como colonial) para
construir su propio presente en base a distintas presencias.
Las presencias y el azúcar. Las identidades latinoamericanas.
¿Cómo podemos dar cuenta de estas
identidades latinoamericanas? ¿De qué manera se puede observar cómo, a partir
de las diferencias, distintas presencias construyen identidades dentro del
Continente Americano? Primero, habría que encontrar una diferencia; ver cómo
las distintas sociedades latinoamericanas vivieron “a su manera” la subyugación
colonial. Para eso, destaca una experiencia que toda la América continental y
el Caribe experimentaron: las
plantaciones de azúcar. Estas
muestran la integración total de América a la economía-mundo capitalista;
muestran las condiciones sanguinarias sobre las cuáles se trabajaba en las
colonias americanas; muestran la herencia
colonial en la actualidad, ya que hoy en día la economía de una gran parte
de América latina y el Caribe depende del azúcar
Desde su introducción en el
continente, “las tierras fueron devastadas por esta planta egoísta [la caña de
azúcar] que invadió el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la
fertilidad natural y extinguiendo el humus acumulado por los suelos”
La sangrienta producción de azúcar
fue algo que sufrimos todas las sociedades latinoamericanas y caribeñas en
mayor o menor medida. Pero hay que preguntarse, ¿Acaso la historia del azúcar
en América ha sido sólo una de sufrimiento? El azúcar refinado, blanco, que
todos tenemos en nuestras cocinas es un azúcar que ha pasado por varios
procesos. Los productores de azúcar no cultivan ese producto “terminado”, sino
que cultivan la caña de azúcar
Y si damos una vista panorámica al
continente, nos daremos cuenta que este caso no sólo es de los boricuas, sino
también de la gran mayoría de América. Lo que más resalta de lo anterior es una
forma de azúcar muy particular: lo que conocemos en México como piloncillo. Y es que este dulce no sólo
se consume en México, sino también en todo el Caribe y gran parte de
Latinoamérica. En Jamaica, Mintz (1996) lo describe como “este azúcar, que
contenía gran cantidad de melaza (y algunas impurezas), se endurecía en moldes
o conos de cerámica de los que se colaba la melaza, más líquida, obteniendo así
el pilón café oscuro y cristalino” (pág. 19).
En Haití le llaman rapadou
(raspadura) y lo comen en forma de panecitos envueltos en hojas de plátano; en
Colombia le dicen panela y se la
ponen al café; en Argentina le llaman rapadura
y la hacen en forma de dulces; en Cuba le dicen tapa de dulce y la envuelven en hojas de plátano que llaman tamugas
La historia compartida por las
sociedades americanas sobre el azúcar (que repito, no debe ser tomada como una similitud en el sentido de Hall) adopta
formas distintas. Esta historia en común es una herencia colonial, y hasta
cierto punto una presencia europea. La historia del azúcar convive con otras
presencias y, dependiendo del contexto en el que se encuentre, termina significando
cosas distintas. Pongamos un breve ejemplo: en México, el piloncillo ya era
conocido por los aztecas
Las diferencias entre la historia
de México y Haití han hecho que el piloncillo y el rapadou engloben no sólo
distintas identidades, sino también una différance. Podemos observar esto con
el nombre de rapadou. El que los haitianos le hayan llamado así hace referencia
a la presentación del azúcar y esta remite a una presencia europea, ya que el
idioma en el que se enuncia es francés. Esto hace que no podamos hablar de la
identidad haitiana en el rapadou sin remitirnos necesariamente a la identidad
francesa. No sólo eso, sino que esa presentación de azúcar fue traída desde el
sureste asiático. De este modo, el rapadou también remite a una presencia
asiática. Asimismo, quienes lo producen son descendientes de esclavos
africanos, lo que también remite a una presencia africana. Así, el significado
del rapadou se va difiriendo en las distintas huellas que van dejando las presencias.
Bourdieu (1998) decía que la
relación con la comida es una forma de relacionarse con el mundo. Y tanto el
rapadou como el piloncillo, por solo poner un ejemplo, comprenden distintas
formas de preparar esa forma de azúcar, distintas formas de comerlo, distintas
formas de relacionarse y comprender al mundo. Las distintas presencias, a
manera de huellas, marcan las identidades latinoamericanas y caribeñas. Lacan
(2009) decía, de manera parafraseada, que cada caso es un caso. De igual forma,
podemos decir que la identidad es un mundo, y
cada mundo es un mundo. Es decir, que cada identidad cultural es singular
en tanto que sus distintas presencias actúan como différance, remitiéndose siempre al significado de otras
identidades.
Tanto las plantaciones de azúcar
como el consumo del piloncillo reflejan bien los conceptos que esboza Hall para
observar la identidad. La producción de azúcar sirve como una historia en común
que une a toda América; y es que todos los países de América que producen
azúcar tienen una presentación del piloncillo. Pero esta presentación se da de
formas diferentes; son diferencias que engloban las distintas historias y
contextos sobre los cuáles se encuentran dichos países. Así, en esas
diferencias podemos observar cómo las distintas presencias van configurando las
diversas presentaciones de piloncillo.
A manera de conclusión.
La propuesta de Stuart Hall para
comprender a las identidades poscoloniales engloba varios conceptos. En primer
lugar, propone verla no como una esencia que está presente en todos los que
forman parte de una cultura, sino como una construcción histórica que siempre
está diferida por otras identidades y significados. En dicha construcción
influyen tanto similitudes como diferencias. Las similitudes son el imaginario
de una historia en común, precolonial, que las sociedades colonizadas
comparten. Las diferencias comprenden las distintas formas en las que cada
sociedad sufrió la colonización y las distintas formas que adoptaron sus
trayectorias. Asimismo, las identidades no se encuentran en estado puro, encerrado, sino que se encuentran
diferidas y diferenciadas con otras identidades y presencias: europeas,
africanas y americanas en el caso de los países caribeños.
Para Hall, las similitudes del
Caribe se encuentran en la presencia africana, que remite a un pasado en común
en este continente. Si queremos hablar de una similitud que englobe a
Latinoamérica, o a América en general (el Caribe, Latinoamérica, Estados Unidos
y Canadá), nos encontramos con un problema: la América continental es un
continente tan grande como diverso. Y esta diversidad hace que no podamos
englobar a todas las sociedades prehispánicas/precoloniales bajo un mismo
imaginario; todas esas formaciones sociales eran muy complejas y distintas
entre sí. Asimismo, los imaginarios que han tratado de unir a América bajo una
misma similitud (como Nuestra América,
de Simón Bolívar) no se han enfocado en el pasado, sino en un presente que
termina excluyendo toda la diversidad del continente. Sin embargo, el que no
haya una única similitud que englobe a América no impide que haya diferencias y
presencias que construyan no una sola identidad americana, sino varias
identidades latinoamericanas y caribeñas.
Un caso para observar esto se da en
las diferencias que las sociedades latinoamericanas y caribeñas tuvieron con la
herencia colonial dada por las plantaciones de azúcar. La producción de azúcar
está llena de sufrimiento, explotación y una integración de América al moderno
sistema mundial. Sin embargo, también ha sido resignificada culturalmente y se
ha vuelto parte de las identidades de los diversos países del continente.
Podemos ver esto con la producción y consumo de piloncillo, que tiene
diferentes presentaciones y nombres a lo largo de América. Raspadura, panela,
rapadou, rapadura, tapa de dulce; todas estas diversidades reflejan como
distintas presencias (africana, americana, asiática, etc.) van difiriéndose en
la construcción de las identidades latinoamericanas.
Esta sólo fue una pequeña pincelada
hacia un tema que merece investigaciones mucho más elaboradas que este modesto
ensayo. Sin embargo, nos abre las puertas para pensar cómo las herencias
coloniales, junto con otras herencias (africanas, americanas, asiáticas), se
van resignificando y reconfigurando para dar como resultado identidades de lo
más diversas. El piloncillo nos pareció lo más significativo para ejemplificar
lo anterior, pero es un caso entre muchos otros casos que se pueden analizar:
el café, la lana, el maíz, el tabaco. Estos elementos no sólo reflejan el
sufrimiento y la explotación que han acompañado su producción, sino que también
se han resignificado y apropiado por los mismos habitantes de América.
Producir piloncillo, café y tabaco
no es simplemente producir algo material, sino que es también producir algo simbólico; algo que encierra un sentido
y un significado. Y tanto este sentido como significado no se da en el vacío,
de manera aislada. En cambio, ambos se dan en una sociedad determinada con
determinadas relaciones de fuerza. Esto nos invita a pensar cómo es que lo más
pequeño, lo que pensamos que es más insignificante u cotidiano, no es
insignificante ni cotidiano. En su lugar, nos abren la puerta para hablar sobre
cómo la historia, economía, sociedad y cultura se entrelazan para configurar
una visión del mundo sobre la cual nos posicionamos y actuamos.
Trabajos citados.
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LA CONQUISTA DE AMÉRICA, EL IMPERIO ESPAÑOL, NACIONALISMO Y NOSTALGIA.
Obtenido de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=R2xyvo0AF4o&t=189s
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Siglo XXI Editores.

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